Bota, bota, la pelota

Pelotas

¿Hay alguien a quien no le gusten las pelotas y balones? ¿Alguien que no haya disfrutado jugando un rato a algún juego de pelota? Me cuesta creer que lo haya, pero bueno, casos más raros se han dado, así que no voy a poner la mano en el fuego. En cualquier caso, una cosa es que nos guste jugar con pelotas y otra muy diferente, que nos guste la gente pelota. A unos les gustan y a otros, nos tocan miserablemente los ovarios. Hoy estoy especialmente sensible sobre el tema, y de hecho iba a escribir algo breve en facebook acerca de ello, cuando me di cuenta de que no iba a ser suficiente, así que mejor lo desarrollo aquí, y de paso actualizo esto un poco.

Personalmente, soy de las que llevan el tema del peloteo bastante mal, vamos, que no lo aguanto. El alabar porque sí y, mintiendo la mayor parte de las veces, esperando conseguir algún tipo de favor, es algo que no concibo. Vamos a ver, que alguien me diga “¡qué bien te queda esa ropa!” cuando realmente lo piensa así y sin intenciones oscuras, me parece bien y además lo aplaudo. Quiero decir, no hay nada de malo en decirle algo bueno a una persona cuando es sincero. Lo que me desquicia es la típica persona que se pasa el día halagando con falsos cumplidos a los demás, con la intención de obtener algo a cambio, aunque a veces este algo sea simplemente la aprobación del objeto de peloteo. Todos los pelotas me desquician, pero como en tantas otras cosas en la vida, hay grados, que a continuación paso a enumerar en orden de repateo creciente.

  • 1º grado: los que me vienen a hacer la pelota. Estos son los que te encuentras de la que sales del gimnasio, con una sudada de la vírgen, hecha una mierda, directa a pegarte una buena ducha en tu casa y te dicen “¡qué guapa estás!“. Sí, preciosa, ¡no te jode! Me molestan enormemente, pero no infinitamente, porque los despacho rápido.
  • 2º grado: los que hacen la pelota a los demás. Aparece tu jefe con la camisa más hortera que has visto en tu puñetera vida, y va Pepito y le dice “¡cómo me mola tu camisa!”. Para quemarla, sí, porque esa tela debe arder que flipas. Desgraciadamente, en el trabajo es difícil deshacerte de ellos. Puedes no entablar mucha relación, pero están en tu misma oficina y no hay escape. Puedes cambiar de trabajo, pero es difícil encontrar otro donde no tengas que aguantar a un elemento de estos. El grado de repateo es notablemente más alto.
  • 3º grado: los que hacen la pelota y encima esperan mi aprobación. Este es el grado máximo. ¡El colmo! Como si el hecho de ser pelota no fuera suficiente, te insultan considerándote de su misma especie al buscar, de alguna extraña manera, tu aprobación sobre el peloteo del que acabas de ser testigo. Vamos, que después de decirle al jefe cómo mola su camisa hortera, te miran en plan cómplice como diciendo “estuve bien ahí, ¿eh?”. Sí, sí, ¡estuviste de puta madre! Acabas de ascender a bufón de corte, colega.

Se puede alegar que si existen este tipo de seres es porque hay quien gusta de esta clase de actitud, valorándola por encima de virtudes y cualidades que otras personas puedan tener. ¡Cierto! Pero el que peina bombillas no es menos tonto porque haya quien lave los kleenex. Esto es lo mismo, que haya a quien le guste que le hagan la pelota, no quiere decir que la persona pelota sea menos odiosa.

Mi aversión por estos individuos creo que queda patente. No dudan en utilizar la mentira para regalarle las orejas a alguien para conseguir metas que de otra manera son incapaces, pisoteando así a quien pueda tener el suficiente mérito para alcanzar esas mismas metas. Son personas en quienes no se puede confiar, ya que no se lo pensarán dos veces antes de utilizar esa táctica en tu contra, si de esa manera creen que van a recibir alguna ventaja. Así que si la pelota bota, cuanto más lejos bote, ¡mejor!

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Cuentas de vida “Premium”

premium

En este mundo internauta, estamos muy acostumbrados a encontrarnos con cuentas Premium. Ya sea en juegos, aplicaciones, redes, comunidades, seguramente todos nos hemos encontrado en alguna ocasión con la posibilidad de actualizar nuestra cuenta a Premium, obteniendo con ello mejoras y más prestaciones en el servicio. Vamos, que lo de Premium cuando estamos navegando, no nos suena a chino: los usuarios Premium son los V.I.P.  de toda la vida, pones pasta y eres más chachi. El problema es cuando te encuentras con elementos que van de Premium en espacios donde no existe tal distinción y aquí es cuando ya empiezo a despotricar de las cuentas de vida “Premium”.

Hay gente, y seguro que conoces a algunos, que por alguna incomprensible razón, se creen que sus vidas son lo más importante e interesante del mundo. Vamos a ver, que sí, que para uno mismo, su vida debe ser lo más importante, porque si no la tiene, no puede tener nada más. Hasta ahí, totalmente de acuerdo: mi vida para mí es muy importante e interesante, tu vida para ti es muy importante e interesante, su vida para… bueno, se pilla la idea, ¿no? Que como punto de partida, me parece de puta madre que cada uno considere su vida muy importante. Otra cosita muy diferente es, que alguien dé por supuesto, que su vida no sólo es la más importante para sí mismo, sino que además debe serlo para el resto de los humanos. También aquí me gustaría puntualizar y distinguir dos casos:

  • Ególatra inofensivo. Se quiere mucho, es lo más importante en este mundo y por tanto su vida, es la más importante del mundo. Sin embargo, más allá de esa adoración que se profesa a sí mismo, es una criatura inofensiva y puede incluso hacerte sonreir con su actitud. Es plenamente consciente de su ego, pero no lo utiliza para hacer daño ni menospreciar a nadie.
  • “Mi vida importa, la tuya no”. Tal vez te sorprenda que no lo denomine “ególatra ofensivo/dañino” en contraposición al grupo anterior, pero es que este tipo no es el que solemos reconocer como ególatra. Me explico, los de esta categoría, no son de los que se alaban a sí mismos y se consideran superguays, no se adoran especialmente ni se creen los más guapos, los más listos y los más molones, como pudieran hacer los “ególatras inofensivos”. Lo que tienen es un sentido de la importancia de las vidas un tanto peculiar, pero brevemente resumible en “mi vida importa, la tuya no”. En algún momento de su vida, ellos accedieron a una cuenta de vida “Premium”, ya sea porque sacaron cierto título, escalaron a cierto puesto en la empresa para la que trabajan, se casaron y/o tuvieron un peque, o se hicieron amiguitos de Barbie y Ken, por poner varios ejemplos. Desde ese momento tan marcado en sus vidas, tú debes estar pendiente de si pisan un chicle o pasaron a la siguiente ronda del Candy Crush. Todo lo que sucede en sus vidas es importante y tu obligación es estar ahí. Y que superratón te libre de perderte uno sólo de esos momentos, porque pasarás a ser el ogro más malvado que ha pisado el planeta. ¿Y tú qué? Pues como no tienes esa vida Premium, ¡te jodes! Da igual que tengas un accidente y te quedes inmovilizada durantes meses; que te enamores perdidamente; que sufras el divorcio del siglo; que consigas el trabajo de tu vida; que te quedes al paro y estés años a verlas venir; que algún familiar esté ingresado; que… ¡que no! Que no importa y no insistas. Consigue una cuenta Premium y luego igual podéis hablar (suponiendo que entonces no entre en juego el factor antigüedad).

¿Y cómo se consigue una cuenta de vida Premium? Más que esforzarme en conseguir una cuenta de ese tipo, lo que hago es evitar a quien se cree tenerla. ¿Por qué? Pues porque hagas lo que hagas, digas lo que digas, te portes como te portes, al final, nada importa, porque es considerado como tu jodido deber. Y te pase lo que te pase, te enfrentes a lo que te enfrentes, sufras lo que sufras, celebres lo que celebres, no van a interesarse por ello, porque estarán demasiado ocupados en elegir la ropa que se van a poner dentro de tres años. Por desgracia, a estos Premium de pacotilla se les conoce al cabo de un tiempo, pero en cuanto detecto a uno, ¡distancia! Si me quiere incluir en sus historias, chachi, si no, ¡chachi también! Si se toma interés por las mías, ¡chachi!, si no, ¡chachi también! ¡Todos tenemos vidas y todos somos Pemium!

Venerando a Atlas

Atlas

Según la mitología griega, Atlas era un titán condenado por Zeus a cargar con los pilares que separaban la Tierra de los cielos, vamos, que el tío cargaba con el peso del mundo a sus espaldas, que como cualquiera puede imaginar, supone una responsabilidad de la hostia. Palabra clave en lo anterior es “condenado”, o sea, que no era por gusto precisamente por lo que soportaba ese peso. ¿Y por qué me molesto en destacar esa palabra? Pues porque convivimos habitualmente con muchos “Atlas” de pacotilla, que parece que cargan con el peso del mundo sólo porque les produce un placer inmenso el quejarse de su condena. Al final, en realidad, no sujetan ni una pluma, pero oyéndoles, parece que llevan los 6×1024 Kg de la Tierra a sus espaldas. Y de esos elementos, es de los que voy a despotricar hoy.

Estoy segura de que con las primeras líneas ya le habéis puesto cara y nombre a uno de estos “Atlas”. A mí se me vienen varios individuos a la cabeza y voy a distinguir dos tipos, aunque el que más me toca los ovarios es el que ya introduje en el párrafo anterior. Precisamente, por los pertenecientes a este tipo es por quienes empecé a escribir esta entrada. Pero vamos a ver esos tipos.

  • “Too pa’ mí”. Los pertenecientes al grupo “too pa’ mí” se caracterizan por acumular trabajos y responsabilidades sin que nadie les pida tal cosa. Cual cazamariposas, van con una redecilla por ahí (podéis imaginarlos dando saltitos si queréis), atrapando toda tarea que ven o que se les viene a la cabeza y la añaden a su lista de cosas por hacer. Bueno, oye, unos coleccionan sellos y a estos les da por ir coleccionando cargas. El problema es que, se lo apuntan todo porque les da la gana pero luego te echan en cara todo lo que hacen. ¿Quién te manda? Quisiste tú hacerlo, ¿no? ¡Pues te jodes! Coño, es como si a mí me da por ir a sacarle brillo a las aceras de mi calle y luego emprendo una cruzada personal contra toda la gente del pueblo porque tuve que hacerlo yo. Absurdo, ¿o qué? ¡Lo otro, también!
  • “Too pa’ ti”. Estos son los que más me repatean el hígado, ahí en plan “zapateao”. Como decía anteriormente, el haber empezado a escribir sobre estos elementos se debe a este tipo y es que el otro día, uno de ellos me hizo pillarme un cabreo como una mona. A diferencia del tipo anterior, estos no hacen una mierda, o en cualquier caso, de todo lo que dicen que hacen, quédate con un 10%, y eso siendo generosa con el porcentaje. Pero no es esa la historia que cuentan, no. Si escuchas hablar a un “Atlas” de este grupo (y no lo conoces todavía, claro) seguramente te lleves la impresión de que no hay nadie más currante y todos los avances de la humanidad se los debemos a ellos. Se encargan de absolutamente todo, y están cansados. A ver, date cuenta, que el mundo pesa, ¿eh?, y llevarlo a cuestas tiene que ser agotador. Pero a poco que conozcas a estas criaturillas, sabes que tras el discurso de toooooooodo lo que hacen, te dirán que para la tarea esa de la que estáis hablando, no cuentes con ellos, porque (y te repiten) que “buff, yo es que ya no puedo encargarme de más”. Al final, no se encargan de nada, o sea, que “too pa’ ti”.

Y digo yo, ¿no sería éste un mundo perfecto si los “too pa’ mí” dieran con los “too pa ti” y nos dejaran al resto con nuestras cosillas? Ya sean nuestras cosillas, muchas o pocas, de más o menos importancia, pero que no nos den la tabarra con las suyas, ficticias o no. Pero no, mis queridos niños, tanto los unos como los otros están ahí para joder, ¡y vaya si joden! En cualquiera de los casos, aparte de pegarte una chapa brutal, esperan que los veneres o algo así, y conmigo van listos. Lo de venerar no va conmigo, y lo de que me den la brasa, ¡tampoco! Como siempre, táctica cerebro de Homer, que hay muchos mundos maravillosos a los que evadirse. Mmmm… ¡rosquillas!

 

Soy rebelde

 

Oye, que sí, que lo mismo era rebelde, pero no es lo que una piensa cuando la oye y la ve. Por mucho que me cante esa canción y me quiera convencer, sin hechos que lo demuestren, no me lo voy a creer. Igual el ser rebelde es un deseo que la consume o quiere dar esa imagen al mundo porque ser rebelde mola. Como digo, sin hechos, no me lo creo. El problema de todos modos, no es Jeanette con esta canción. El problema es que son muchos los rebeldes que pululan por ahí entonando constantemente su himno de rebeldía. Seguro que los habéis oído alguna vez, porque además los muy cabrones lo entonan alto y bien alto, no vaya a ser que no te enteres de lo bien que lo hacen.

Estos personajillos tienen la capacidad de hacerte picar cuando los conoces, siempre y cuando no hablemos de los más exagerados, claro está. Hombre, si te vienen contando que el asalto a la Bastilla lo lideraron ellos, pues no te lo vas a tragar. Pero por lo general, cuentan cosas bastante creíbles, por lo que en un principio, tú piensas “joer, mira el pavo éste”, “hostia, vaya con la tía”. Sí, sí, picas. Te dicen lo que hacen ante determinadas situaciones y lo de que a dios ponen por testigo de que nunca volverán a pasar hambre, y lo ambientan todo bastante bien. Vamos, que saben entonar su canción. Pero a medida que van cantando, empiezan a dejar notas sin dar, y empiezas a darte cuenta de que esa canción que parecía sonar tan bien, tiene muchos huecos y ves que no llegan a la parte esa complicada. Ahí ya se jodió. Recapitulas y te das cuenta de que en muchas de esas partes lo que hacían era un falsete, que así entre el barullo, parecía que quedaba bien, pero no. Te has despertado ya y no tragas con nada. ¡Que le vayan a otro con la puta canción del verano! Es bastante más creíble Jeanette.

¿Y por qué lo hacen? ¿Por qué te dan la brasa tan miserablemente de lo fieros y rebeldes que son cuando no se atreven a poner calcetines blancos con zapatos negros ni en su propia casa? Sin embargo, una y otra vez, erre que erre con el mismo discursito a la vez que se van poniendo chapas de esas de los gusanitos como si fueran condecoraciones de guerra. La pregunta es buena de cojones, porque sólo alguien de su misma especie puede realmente saber el porqué. A mí se me ocurren varios:

  • desesperación por llamar la atención de alguna manera.
  • quiero y no puedo, así que lo cuento y es como si lo fuera.
  • me gusta el culo de esa gente y así se lo puedo oler discretamente.
  • molo.

Probablemente sea una combinación de todas ellas o incluso de muchas más. ¡A saber! El caso es que son un puto incordio del que para librarte, o utilizas la técnica del cerebro de Homer “tú quédate, que yo me voy” o haces como Chicho Terremoto, y les sueltas un “¡Tres puntos, colega!”

Chicho Terremoto - tres puntos, colega

 

 

 

Yo soy especial

special

Estoy segura de que todos conocéis a alguien especial, pero de esos totalmente especiales porque su mami (por poner un ejemplo, que bien puede ser otra persona) les dice que son especiales. No seré yo quién dude de que tal vez lo sean para esa persona, o que incluso tengan cualidades especiales, pero vamos, que para mí son una persona más, y ante el mismo agravio, le voy a tratar como al resto, con una patada en el culo y lanzándolos bien lejos. “¡Ya está ésta!”, “¡Qué mala hostia tiene la tía!”… Alguno lo estará pensando ya. Y sí, a quien me sigue o me conoce, no le sonará a nuevo esto, pero también sabe que siempre hay una explicación detrás de cada gruñido mío. Así que a ello.

A lo largo de los años (unos cuantos ya), una ha ido conociendo gente, entablando amistades y en ciertas ocasiones, cuando se producen cierto tipo de comportamientos (véanse traiciones, desprecios, ataques, etc.) mandando a algunos de vuelta por el camino que vinieron. En esos momentos de hartazgo, de haber tenido suficiente, no me tiembla el pulso, ¡a tomar por el puto culo! La vida es corta y no se puede desperdiciar el tiempo con gente que no merece la pena, sobre todo, cuando tienes alrededor a gente que sí merece tu atención. Por supuesto, siempre hay gente que te ve actuar de esta manera y sabe que no te andas con pijadas, ya sean de tu círculo más cercano o con cierto grado de confianza o simplemente conocidos, pero no les pasa desapercibido el hecho de que si te tocan los ovarios, cierras la puerta y sigues adelante. Y a quien no está presente en esas ocasiones, puede ser que hablando, surja el tema y yo, personalmente, no tengo ningún problema, y además soy bastante clara en ese sentido, en decirles que ante ciertas actitudes, no me ando con remilgos. No falta quien te diga “joer, me mola esa forma de ser”. A ver, no lo hago para que le mole a nadie, es que, vuelvo a decir, el tiempo es muy valioso para perderlo con quien te ha demostrado que no merece ni un segundo más. Entonces, aún sabiendo cómo procedes en esas situaciones, hay alguna gente que, por alguna puta razón se creen especiales y empiezan a actuar precisamente de la manera en la que tú habías avisado que, ¡contemplaciones, cero! Lo cojonudo, es que luego se sorprenden de que les des un portazo y ya no mola tanto que seas así, porque, ¡joder!, ¿qué han hecho ellos? Vamos a ver, que no es por no explicarlo. Que si hay que explicarlo, se explica, pero que se acabó lo que se daba, ¡salaos! Si has mandado a paseo a gente que fueron tus colegas durante años, ¿qué coño les hace pensar que, ante el mismo agravio, no vas a hacer lo mismo con ellos? Que me parece de puta madre que su mamá les diga que son especiales, que la mía también me lo dice a mí, pero hay que ver un poquitín más allá. Serán todo lo maravillosos del mundo para alguien, sea ese alguien quien sea, y podrán permitirse las licencias que les dejen, pero eso no les da carta blanca para hacer lo que les venga en gana con los demás. Si yo no le permito a alguien que me dé una coz, no se lo voy a permitir a ellos, ¡coño! Así que… ¡hala! ¡A cascarla!

La aburrida vida de los solteros

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Hoy, por fin, voy a dar salida a este post, que tenía en borradores desde hacía mucho tiempo y que necesitaba ver la luz ya de una vez. Voy a hablar de algo que, ¡oh, sorpresa!, me toca miserablemente los ovarios y es de la aburrida vida que llevamos los solteros, en la que nunca pasa nada. Los solteros tenemos las mismas 24 horas al día que los demás, con la diferencia de que nos pasamos el día rascándonos la barriga porque no tenemos nada en qué emplear esas horas. Claro, eso es lo que parecen pensar los demás, que puede distar mucho de lo que es la realidad.

Hay una total falta de respeto hacia el tiempo de los solteros, disponiendo de él, cada uno a su antojo. Raro me parece que a alguno no le hayan venido alguna vez con comentarios del tipo “Bah, ¿tú qué tienes que hacer?”. ¡Rascarme la barriga a dos manos, no te jode! Tal vez a alguien le sorprenda, pero resulta que nosotros también tenemos vida y también hacemos cosas, y concretamente a mí, a veces me vendría muy bien que el día tuviera alguna hora más. Una, además de trabajar, suele apuntarse a cursos, con sus temarios, exámenes y su tiempo diario que dedicar; participo en varios proyectos de forma voluntaria y por si fuera poco, soy ama de casa. ¡Sí, señores! ¡Las casas de los solteros también necesitan atención! Vamos a seguir sorprendiendo al personal. Yo como todos los días, y ocurre que, si yo no me hago la comida, ¡pues no como! Y si no voy a la compra, ¡no tengo nada con qué hacerme la comida! Y oye, que también limpio, porque no me resulta agradable vivir entre la mierda, ¡qué le voy a hacer! Pequeñas manías que tiene una. Eso siempre y cuando no me vengan a trastocar con gestiones varias de esas que a los solteros también nos tocan, que fíjate tú, que la administración también nos pone tareas a los solteros, que debe ser lo único, porque si necesitas algo, entonces no existes.

Otro de los comentarios que a menudo recibo es “bueno, si estás soltera es porque quieres”. Sí, efectivamente, y si tú no lo estás, es porque no quieres. ¿A dónde quieres llegar con eso? ¿Qué verdad universal me intentas descubrir? ¿Qué pasa, que el que yo esté soltera porque quiero, significa que tú que no lo estás, porque no quieres, tienes derecho a decidir qué hago yo con mi tiempo para amoldarme a lo que tú quieres hacer? Quiero hacer constar, que en la medida de lo posible, intento compatibilizar mi tiempo con el de los demás, pero no siempre puede ser así, y entonces, con demasiada frecuencia, una se ve en la situación de que debe respetar y ajustarse a los horarios y actividades de los demás, pero su tiempo al resto le importa una puta mierda, porque seamos sinceros, ¿qué coño tiene que hacer una persona soltera? Pues como ya dije, en mi caso, muchas cosas, pero incluso si no fuera así, si realmente me pasara las horas tirada en el sofá con un rascador (no vaya a tener que hacer esfuerzos para rascarme los pies), no veo yo que tenga ninguna obligación de dejar de rascarme la barriga para atender a quien no respeta mi tiempo. El tiempo de una persona, le pertenece sólo a esa persona. Así que, por favor, ¡un poco de respeto! Estoy segura de que la mayoría de la gente hará un esfuerzo por intentar amoldarse, pero hay que pedirlo con educación y, aunque me repita más que el ajo, con respeto. Despreciando el tiempo y actividades de una persona, creo que no es la mejor manera de conseguir ese esfuerzo. Por lo menos, conmigo, ¡tururú! Voy a “rascarme” un rato…

Lágrimas de cocodrilo

Lágrimas de cocodrilo

Todos conocemos la expresión “lágrimas de cocodrilo” aludiendo a la falta de emociones de dicho animalito cuando segrega sus lágrimas, que lejos de tener que ver con nada emocional, es simplemente un proceso de lubricación, ya que necesita tener siempre los ojos húmedos. Nada que a nosotros nos resulte totalmente extraño, pues nuestras glándulas lacrimales también entran en acción a menudo sin que por ello estemos dando muestras de sufrimiento del tipo que sea (pena, remordimientos, etc.). Eso sí, hay gente que tiene un control tremendo de estas glándulas haciéndolas funcionar a pleno rendimiento en situaciones normalmente de confrontación, y ya voy a dejar de ser tan benévola y voy a soltar mi mala hostia: cuando por putos cobardes son incapaces de enfrentarse a una situación que ellos mismos han provocado y por la que temen algún tipo de respuesta no precisamente agradable por parte de otra persona. Es un mecanismo de autodefensa, “lloro, me libro del marrón y encima me miman a mí”.

Bajo ningún concepto se debe subestimar esta habilidad, pues las personas que la poseen, por normal general, tienen muy bien montada su imagen socialmente, apareciendo a los ojos de quienes los conocen como personas encantadoras, sensibles y empáticas, que fácilmente se identifican con los demás e intentan echar un cable siempre que pueden. ¡FACHADA! ¡PURA FACHADA! Muy al contrario, son personas muy egoístas, que anteponen su bienestar al de cualquier otro bicho viviente. ¡Y ojo! Yo soy la primera en defender el bienestar personal, pues si tú no miras por ti mismo, difícilmente alguien lo va a poder hacer mejor. Pero de ahí, a pisotear a quien se te ponga por delante, hay un mundo. Son además, como ya dije antes, cobardes. Se llevan bien y son tan encantadores con los demás porque no soportan la confrontación, por lo que antes de admitir públicamente su posición sobre algo, te dan la razón como a los locos y luego por detrás, ya actuarán, dirán o pensarán todo lo contrario, pero a poder ser que tú no te enteres, claro. Como siempre digo, fíate poco de los que son amigos de todo el mundo, porque si bien puede parecer una idea muy bonita, es sencillamente imposible. Esta cobardía implica además que son mentirosos. No dudarán en contarte mentiras una y otra vez con tal de evitar los enfrentamientos. Todo esto los hace capaces de causar mucho daño. Y en ese momento, cuando los enfrentamientos son ya ineludibles, porque los has pillado, te han hecho daño y se lo echas en cara, es cuando pasan a hacer gala de esa increíble habilidad, de ese control tremendo sobre sus glándulas lacrimales. Entonces se echan a llorar y comienzan a autoflagelarse, en un desesperado último intento de esquivar la confrontación. Intentan hacerte ver que ellos son quienes más sufren con la situación, para que te apiades de ellos, los consueles y acabar tú sintiéndote mal por el dolor que están padeciendo. Y cuando digo que no se debe subestimar, es porque a menudo lo consiguen, si no directamente de ti, lo consiguen del entorno que os rodea, pasando ellos a ser víctimas y tú, alguien inflexible, insensible y con demasiado carácter.

No voy a negar que no haya caído alguna vez en esta trampa y me la dieran sin queso y sin nada, pero a estas alturas de la vida, me han tocado ya varios elementos de esta categoría y va a ser que no trago con ninguno más. Con el tiempo se aprende a distinguir el tufillo de esas lágrimas falsas, si no inmediatamente, después de un ratín. Se puede pasar mal por la que te hayan jugado, pero no vayamos encima a dejarles el hombro para que lloren ellos. Que cojan un puto kleenex y se sequen esas lágrimas que tan fácilmente dejan caer. ¡A la mierda, hombre!